A mí hay algo que me pasa cuando escribo y es que me da vergüenza leerme. Lo cual, por razones obvias, dificulta mucho el proceso de edición y directamente impide el acto de la publicación. Porque tampoco es cosa de publicar sin siquiera releer lo que acabo de escribir (aunque a veces resulta muy tentador, sobre todo teniendo en cuenta que nadie me está leyendo).
Me pasa cuando voy al baño por primera vez en el día, no siempre me quiero mirar en el espejo recién levantada, despeinada, con la cara hinchada, lagañas, sin poder abrir los ojos por completo. A veces simplemente esquivo la mirada, me da una especie de pudor. Me pasa algo similar al escribir o dibujar, quisiera hacerlo sin mirar o sólo lo necesario para no tropezarme.
Pero hay dos operaciones que están activadas en simultáneo en este momento histórico: la gente perdió el pudor de crear y de mirar. Me siento menos juzgada que años atrás. Aunque algunas personas hablen de que estamos en una época de cancelaciones, yo creo que esa moda ya pasó y tendríamos que observar que así como hay gente que juzga y rechaza, otres aceptan y hasta disfrutan de lo que une puede otorgar. Me vengo contagiando de ese ánimo, algo complicado siendo introvertida, pero para eso trato de ver y escuchar a otres introvertides haciéndolo. Y funciona.
Por otro lado, me pasa algo que es ya imposible de tapar, como si intentáramos hacerlo con el sol y un dedo, o el dedo en el sol, bueno, se entiende. El mundo está ardiendo, y no podemos sólo ver.
Miro un video con entrevistas a Dave Grohl en YouTube. “Siempre da la misma entrevista”, dice uno en comentarios, porque efectivamente todo gira en torno a la muerte de Kurt Cobain. A mí me resulta delicioso. Grohl es un tipo ubicado, sensible y buena onda. La mejor palabra para definirlo, la dice él mismo: “I’m mellow”. Alrededor del minuto 30, cuenta con genuino asombro cómo le toca ahora relatarle esa parte de su biografía a sus hijes.
Mi hija Harper y yo íbamos en el auto, no hace mucho tiempo, unos 6 meses, y sonó una canción de Nirvana. En casa no escuchamos Nirvana. Ella canta la letra y yo pienso: “Wow, eso es raro, nunca escuchamos Nirvana, ¿cómo la conoce?”. Entonces ella me dice, “Papá, ¿qué edad tenías cuando hiciste esa canción?” “Dios, creo que tenía ¿22 años?” “¿Y Kurt?” “Y… 23, 24.” “¿Cómo era él?” “Bueno, él era muy amable. Un poco tímido, a veces callado, pero piola.” “¿Era tímido con la gente que conocía o con la gente que no conocía?”. Dije “Bueno, un poco de ambas.”, y ella dijo: “Es tan extraño, que alguien que se siente así de tímido así pueda escribir estas canciones y cantarlas para que todos la escuchen, y luego pararse en un escenario frente a 100.000 personas y tocarlas”. Y pensé que eso era genial, porque ella no estaba mirando tanto a “esa otra cosa”, estaba mirando a la persona. Y después de que Nirvana se terminó, es como si esa cortina se hubiera levantado.
En ese sentido, el pudor no es sólo conmigo es también pánico escénico. Pero con un poco de práctica impulsiva, creo que se puede aprender a atravesarlo…