Vivimos en la era de la opinión. Todo el mundo opina sobre todo, juzga, evalúa y eventualmente favea o cancela para siempre.
Opinar nos salva de la ambigüedad relativista, de la incertidumbre (“¿será buena esta licuadora? voy a ver reviews y las voy a tomar tan en serio como para basar en ellas mi elección”); opinar también nos otorga una identidad desde lo ideológico, nos saca de la mal llamada “tibieza” y nos permite colocarnos en un bando de pertenencia. Y como seres sociales eso último, especialmente eso, es mucho muy importante.
Les seres humanes pensamos en torno a conceptos. Definiciones sobre qué es esto o qué es aquello, y es sobre estos conceptos que ejercemos esas operatorias. ¿Pero qué pasaría si esos conceptos no fueran tan rígidamente definidos de antemano? Nuestras opiniones quizás podrían ir variando junto con esas definiciones, serían menos b&w y más grayscale — perdón por la metáfora gráfica pero, aunque reflexione y escriba sobre estas cuestiones, sigo siendo diseñadora 😉
Pero como con todo, es necesario mantener un sano equilibrio. Si nuestras reflexiones fueran etéreas y nuestras opiniones fueran cambiando como el aire que sale y entra de nuestros pulmones, quizás les demás no nos tomarían tan en serio. Sin embargo, a veces, opinar demasiado también nos separa del resto. Frecuentemente nos creamos más enemigues en nuestra imaginación que amigues reales. Batallamos incluso con seres querides y hasta con nosotres mismes. Nos enojamos, nos cerramos y nos alejamos.
Algo que me enseñaron los años es a ser más compasiva. A ponerme en el lugar de otras personas y a intentar ver desde sus ojos. A ponerme sus zapatos y sentir cómo aprietan. ¿Cómo podrías cancelar a alguien de quien comprendés sus motivaciones si, vos misme, podrías ser esa persona? No se trata de justificar cualquier cosa, sino de complejizar la mirada.
Entender los problemas desde diferentes perspectivas, no siempre nos lleva a una solución, sino que nos suele generar más preguntas. Y en una sociedad enfocada en la productividad, eso puede ser profundamente valioso por lo disruptivo.
Estoy convencida de que, con menos opiniones, seríamos más felices como individuos y como sociedades. Y lo digo como una ex “-ista” compulsiva, que prefería colocarse detrás de diferentes banderas antes que conocerme realmente y de ser curiosa sobre otres. Sucede que explorar cómo nos sentimos suele ser más difícil que esbozar una idea acabada sobre un tema probablemente trivial.

Que nuestra bandera sean la amabilidad, la ternura, la empatía, la curiosidad y la apertura hacia realidades distintas a las nuestras. Ese es el desafío.